Dios nos da múltiples oportunidades, y en ninguna de ellas nos eximirá de la responsabilidad de tomar decisiones.
¿Saben por qué? Porque DIOS ES AMOR, y el principio máximo del amor es LA LIBERTAD.
Dios tiene un sinfín de promesas para nuestra vida, pero solo podremos alcanzarlas si tomamos las decisiones correctas. En otras palabras, el objetivo de Dios, a lo largo de este pedregoso camino, es transformar nuestro carácter (o sea nuestra manera de decidir), para que, en nuestro ejercicio de libertad, elijamos la vida.
He aquí, he puesto delante de ti el camino de la vida y la muerte; ¡ojalá eligieras la vida, para que tú y tus hijos pudieran vivir!, dice Deuteronomio.
Si maduramos, avanzamos; si seguimos culpando al entorno, ahí nos quedamos.
Madurar es HACERNOS RESPONSABLES. Y si algo dignifica al ser humano es su realización, contribuyendo al desarrollo de su entorno y de sí mismo, en el pleno ejercicio de su libertad.
Ahora, si alguno, trayendo a memoria mi frase de que “Dios no hace el examen por nadie”, me pregunta: “¿entonces qué fue la cruz?”. Esta es la respuesta: LA CRUZ es la obra que nos permite intentar ser mejores sin temor a equivocarnos; no la excusa perfecta para echarnos a las petacas. Dicho de otra manera, es el punto de partida para que nos esforcemos por pasar el examen con confianza; no la excusa para no hacerlo.
Con respecto al título (Responsabilidad, desarrollo y amor), quiero decirles que donde no hay responsabilidad, no hay desarrollo; y donde no hay desarrollo, no hay amor.
Nadie que AME GENUINAMENTE quiere que el objeto de su amor se estanque en el mismo lugar. Un padre con su hijo; un esposo con su esposa; una amigo con su compañero, etc. Todos, si verdaderamente aman, desean que su contraparte crezca. Y para conseguirlo debemos esforzarnos, como una mariposa que lucha por estirar sus alas, un águila que lanza a sus polluelos por el abismo para que vuelen, o un entrenador que, respondiendo a los anhelos de ser deportista olímpico de su discípulo, establece una exigente rutina de entrenamientos. El desarrollo es amor en movimiento. Es nuestra vida estirándose por los demás y por nosotros mismos.
Frente a esto, quiero comenzar diciéndoles que yo era el hombre más irresponsable del mundo. Llegaba tarde a todo; no le quedaba bien a la gente; despilfarraba mi dinero; no me comprometía con casi nada. Para rematar, me demoré casi diez años graduándome de la universidad. ¡El colmo de la falta de empatía con mis padres! Lo loco es que no me importaba. En ese entonces estaba tan desconectado de la VERDAD, que lo veía como algo normal; algo que estaba atravesando. En pocas palabras, solo pensaba en mí.
Con la aparición de Dios en escena, TODO CAMBIÓ. Además de darme identidad, me dio un propósito, una dirección Y UNA RESPONSABILIAD. Me entregó una identidad poderosa, en la cual me siento tremendamente privilegiado, pero también poderosamente responsable. Ha sido ese peso, el de la eternidad y el ser reflejo de Jesús en medio de un mundo que arde, el que, en parte, me ha presionado a ser mejor hombre. Y lo agradezco enormemente. Porque en este momento me miro y doy gracias; jamás me imaginé que podría ser quien soy. Aún, creería que muchas personas que no daban un peso por mí, incluso en mis círculos más cercanos, se sorprenden de la obra que Dios ha hecho.
Es el peso de la responsabilidad el que nos motiva a desarrollarnos, y sé que Dios lo pone porque nos ama. Porque sabe que podemos ser mejores de lo que nosotros mismos creemos. Pero debemos ser valientes y esforzarnos. Ese fue el comando, el tipo de mentalidad que Dios demandó de Josué para tomar la tierra que le iba a entregar.
Y aquí les pregunto: ¿queremos conquistar lo que nos hemos propuesto? Pues rindámonos a Dios y a sus procesos, y no le huyamos a la incomodidad y al dolor de soltar lo viejo para recibir lo nuevo. Seamos fuertes y valientes.
Hoy, como nunca antes, estamos ante una sociedad condescendiente con nuestro dolor. Nos lo evita. Nos pasa la materia. Y, si bien he recibido múltiples oportunidades en mi vida, en ninguna de ellas Dios me ha hecho el examen. Me he demorado más que otros, muchísimo más; he cometido muchos errores, pero jamás lo he esquivado. De hecho, no sé ustedes, pero creo que no se puede. O nos quedamos en el examen ignorando que estamos en uno, o nos preparamos para pasarlo. No hay otra salida.
Aquí hay un punto clave, en donde el refrán del Principito y las Palabras de Jesús, sobre ser como niños, tienen mucho sentido: la vida está hecha, en cierta medida, como un juego: tiene niveles, y es el encontrar el propósito de cada uno, dejando atrás lo que éramos, lo que nos permitirá pasar al siguiente.
Frente a esto, hay una Palabra en La Biblia que me rompe la cabeza: es placer de Dios esconder misterios, y privilegio de los reyes encontrarlos. Proverbios 25-2. Seamos niños. Busquemos el tesoro de cada temporada, cual llave que abre la puerta hacia lo nuevo.
Concluyo con esto: dejemos de luchar contra el entorno, y enfoquémonos en lo que debemos extirpar o desarrollar dentro de nosotros. Quizá la culpa no es del jefe, o de nuestros padres, o de nuestra pareja, o del Estado… Quizá hay algo en nosotros que debemos transformar. Dios se esconde en lo pequeño, en lo realmente pequeño, y es ahí donde debemos buscar. A este ejercicio sumémosle el hacernos responsables de la obra que Dios quiere llevar a cabo en la tierra, y no solo nos motivaremos más, sino que recibiremos muchas cosas que a Dios le interesa entregarnos. Cuando nos encargamos de sus asuntos, Él se encarga de los nuestros.
Soltemos la condescendía, los discursos que heredamos, las heridas que nos hicieron, y lancémonos a llenar de amor, color y servicio lo que Dios puso delante de nosotros.
El amor nos hace responsables, y esa responsabilidad nos llevará a desarrollar ese, o esa, que tanto anhelamos ser.
Se les quiere, mis peces 🙂