Como periodista –aún no me gradúo, pero igual me considero periodista– debo admitir que a uno nadie le enseña a ejercer dicha profesión. En un conversatorio llevado a cabo hoy, 20 de agosto de 2014, una estudiante le preguntó a Leila Guerriero –afamada cronista argentina– si consideraba que la academia era necesaria para formar buenos periodistas. Su respuesta fue obvia. Si alguien tiene la fortuna de formarse como periodista dentro de un aula, bien por él. Pero, si no cuenta con aquella oportunidad, también.
Si bien es cierto que la academia facilita los insumos básicos de todo periodista, el uso adecuado de los signos de puntuación y el no incurrir en errores ortográficos y de redacción, el estilo en la narrativa y la selección de historias y sus personajes ya recaen sobre cada quien; es algo personal. “A ti no te pueden enseñar cuándo usar adecuadamente una metáfora, cuándo insertar un inciso…”, explicaba la argentina. No existen parámetros trazados para los relatores de la realidad, éstos sólo pueden ser marcados por ellos mismos. Vale aclarar que las personas que cuentan con el chance de recibir la ayuda de, como ella misma lo dijo, “el trapecista fuerte”, o sea, un instructor o un docente, parten con cierta ventaja sobre los demás aspirantes a periodista. Sin embargo, la ventaja, pienso yo, yace en otros factores.
La pasión con la que se vive la profesión es fundamental; ese es el motor que nos mueve, que nos eriza la piel, que nos impulsa a transmitir realidades de una u otra manera. Disfrutar de la lectura, ya sea riéndose, acongojándose con situaciones incómodas o atemorizándose por la personificación de escenas similares a algunas antes vividas. La crianza, las buenas o malas costumbres, las relaciones interpersonales, con el mundo y con uno mismo, definen qué clase de escritor se es.
Hay quienes eligen ceñirse al rígido formato de la noticia. No demerito a los relatores de realidades fugaces, quienes en su ejercicio periodístico buscan mantener informada a la sociedad mediante datos concretos, cifras y testimonios oficiales, bien por ellos. Para mí estas noticias van y vienen como el viento. Mientras que otros, mucho más interesantes –pienso yo–, deciden inmiscuirse en lo profundo del suceso. ¿Qué es lo profundo? Resulta que las noticias giran alrededor de personas, y éstas, en su calidad de humanos, no pueden ser tratadas como simples cifras. Detrás de muchas noticias que se ven en los diarios, existen historias ocultas, historias que de verdad vale la pena contar.
Leila Guerriero es una experta escritora de dichas historias. Honestamente, confesó que no era una hábil localizadora de relatos interesantes, que simplemente acudía a los sucesos que en algún momento causaron revuelo mediático, y que allí, donde supuestamente todo fue revelado, surgían relatos dignos de enmarcar.
Cuando se le pregunta a algún personaje sobre su vida, en la mayoría de los casos, sólo se recibirá lo que el individuo quiera contar. Es por eso que para narrar realmente lo que sucede en las vidas de nuestros personajes, es necesaria la inmersión social. El trabajo de etnografía es fundamental a la hora de contar una historia con pelos y señales. “Si no hay una inmersión larga –3 meses mínimo–, no me siento con el derecho de contar una historia”, afirma la nacida en Junín.
Cada individuo crece en circunstancias diferentes, tiene prejuicios impuestos por el contexto en el que se ha desenvuelto a través de su existir y reacciona a las diferentes situaciones según lo anterior; “No es su culpa, le tocó nacer ahí”, diría un profesor mío. Sin embargo, a la hora de ingresar en una cultura ajena a la nuestra, los prejuicios sociales y culturales deben eyectarse como gato en cúpula.
En mí caso particular, y no soy nadie para venir a enseñar, viví la siguiente experiencia. Me interné durante una tarde-noche en un lugar que pocos se atrevían a pisar: La Casa del Diablo. Llegué con la mejor actitud posible, sin ningún prejuicio y hambriento de interacción. Al ingresar al inmueble, lo hice en busca de una historia, pero, cuando me dejé llevar por mi manera de ser e interactué con los habitantes de la casa, todo cambió. Mi personaje principal dejó de ser el lugar, mi interés se desvió hacia los habitantes del mismo. Ellos fueron los que produjeron la acción, los que contaron sus historias, los que hicieron del lugar algo mágico. Entonces, ¡todo cobró sentido! Mi labor fue sencilla, agudicé mis sentidos, me empapé de los olores, texturas, sabores y sentimientos que éstos me produjeron, y, con un poco de pericia narrativa, plasmé todo lo vivido.
El efecto en la audiencia fue sorprendente. No tomé partida por nadie, simplemente comenté lo que allí sucedía. Fue entonces cuando los lectores que conocían aquel lugar supieron que allí residían personas, personas como ellos, como sus hijos y como cualquier otro vecino de la cuadra.
Nuestra labor como periodistas va más allá de contar el dónde, cómo, cuándo, quién, cómo y por qué de las cosas. Nuestro trabajo debería ser, como Leila Guerriero lo ha dicho y hecho, disfrutar de la oportunidad de derramar experiencias, sentimientos e interacciones humanas en una hoja de papel, o, en mi caso, en un documento de Word.
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