HISTORIAS DE FÚTBOL VOL. 2

Antes de continuar debo confesarles que la escritura de este texto se ha trasladado por más lugares de lo habitual. Pasó de mi casa al Club Campestre de Bucaramanga. Y ahora me place informarles que en este momento estoy en Barrancabermeja, ciudad petrolera, ribereña y calurosa como el mismísimo infierno. Voy montado en una lancha que va a toda velocidad, surcando de lado a lado una ciénaga del municipio. Me encuentro sentado junto al señor que maneja, con el computador en las piernas, sintiendo el viento y observando, con los dedos en las teclas, el hermoso paisaje que me rodea. Lo único malo de todo esto es que el morenito me prohibió fumar en la lancha, norma que sin lugar a dudas debo cumplir, ya que he soñado en decenas de ocasiones cómo muero incinerado en una explosión.

Amigos, iba a continuar con la historia que les debo, pero la ciénaga que tengo al frente ha hecho brotar de mi cueva cerebral otra historia futbolística digna de ser contada.

No todo en el fútbol es alegría. Un día, luego de entrenar en Pan de Azúcar –una colina bumanguesa–, mi hermano y yo nos dispusimos a bajar de la montaña hacia nuestra casa. A Víctor le acababan de regalar un reloj Casio, de esos que tienen control del televisor y un perrito que corre cuando se inicia el cronómetro. Cuando comenzábamos la bajada, tres tipos venían subiendo. Niño, regáleme la hora, dijo uno de ellos –como si la hora se pudiera regalar–. Yo no tenía reloj, por lo que levanté mis manos en señal de: mire, manito, no tengo reloj.
Automáticamente mi hermano sacó la mano del bolsillo, miró su reloj y les dio la hora. Eso, chino, muchas gracias, exclamó uno de ellos. Acto seguido desviaron su trayecto y descendieron por el camino que recién habían ascendido. Aquel movimiento me hizo sospechar de sus intenciones.

_ Víctor, esos tipos nos van a robar, se lo juro.
_ Ay, Tatán, no sea bobo, ellos ya bajaron.

Nos quedamos durante unos minutos observando, como halcones en campo traviesa, el camino que los tres señores habían tomado. Yo, la verdad, no logré verlos jamás. Los tipos se esfumaron.

_ Mire, cabezón, los manes ya no están.
_ Bueno, bajemos, le dije al testarudo de mi hermano.

Luego de varios minutos caminando, pasábamos por una recta arropada por bambúes. ¡Tatán!, gritó Víctor Manuel. Me volteé y los tipos tenían a mi hermano del cuello. En ese momento sólo pensé en correr, y así mismo lo hice. Corrí como ladrón del centro, y luego de varios metros paré en seco. ¡Mierda!, tienen a mi hermano, no le puedo hacer la de Caín, pensé muerto del susto. Atravesé a toda velocidad los claros hasta llegar al bosque de bambúes en el que los tipos tenían a mi carnal.

¡Suéltenlo!, ¡llévenme a mí!, les grité. No, mentira, no dije nada de eso. Lo recordé de una película. Igual, si me hubieran llevado, no tenían nada que quitarme, y yo en especie no pago. En fin, llegué al sitio y en ese preciso instante, en un gesto de terrorífica gentileza, uno de los caballeros le pidió a mi hermano su reloj, mientras levantaba su camiseta y nos enseñaba un cuchillo digno de un guerrero nipón. ¡Qué detalle!, ¡qué gentileza! Víctor lo observó a los ojos, miró su muñeca izquierda y, como un niño que se despide de su madre en su primer día de colegio, le dijo hasta nunca al cronómetro canino.

Luego de que los ladrones huyeran, me senté junto a mi hermano en el andén de la carretera. Traté de aguantar el llanto, pero no fue posible, como cuando uno, de niño, intentaba no llorar y siempre resultaba ahogado en un mar de lágrimas. Víctor, siendo mayor que yo, me abrazó y me dijo que nada había pasado, que no me preocupara. Mano, pero, ¿y el reloj?, le pregunté desconcertado.  Negó con la cabeza y me dijo que dejara de joder, que mejor nos fuéramos a la casa. Yo no quería mover mis nalgas del andén, estaba impactado, asustado. Es que qué cruel puede ser la gente, cómo roban a dos niños de ocho y nueve años. En fin, a pie no íbamos a bajar a la casa, ni locos que estuviéramos, así viviéramos a dos pasos.  Entonces, de repente, avisté una camioneta Jeep, descapotada, roja y con dos jóvenes en su interior. Salté de la acera y me les atravesé. Señoritas, nos acaban de robar, ¿será que nos pueden acercar a nuestra casa? Vivimos acá cerca. Las dos jóvenes asintieron con la cabeza. Claro, suban. En ese momento Víctor me reprocho con la mirada mi atrevimiento, como diciendo ¿será que estas también nos roban? Pero no, ellas no tenían pinta de ladronas. Yo montaba en taxi y en bus, mientras ellas andaban en una camioneta digna de Miami Vice. Nada de nervios.

Luego del corto trayecto, nos dejaron en Toscana, un restaurante esquinero que colinda con mi casa. Caminamos unos cuantos pasos hasta nuestra morada. Antes de entrar Víctor me dijo que no fuera a contar nada, seguramente porque mi papá lo regañaba –así era nuestro viejo–. Pero fue imposible. Apenas los vi solté todo lo que tenía. Abrecé a mi mamá y le conté que unos ladrones nos habían robado, que nos habían mostrado un cuchillo, que yo quería mucho a mi hermano, que él me quería a mí, que unas niñas nos bajaron en una camioneta, que qué camioneta tan bonita… en fin, le conté, entre mocos, saliva y llanto, todo lo que había sucedido. El rostro de mi padre cambió de aspecto, lucía como un poseso. Patricia, coja las llaves del carro, nos vamos ya, le dijo a mi madre. Yo a esos hijueputas los vi, yo sabía, yo sabía que eran ladrones. Subió hasta la biblioteca, tomó dos espadas que lucían entrecruzadas en lo alto del lugar y se montó, con ellas, en el carro. Ah, bueno, y con mi mamá. Se perdieron en el horizonte. Horas más tarde regresaron a la casa mucho más serenos. No los encontramos, pero ay donde me los vuelva a topar, sentenció mi papá.

Pues bueno, ni reloj ni asesinato. Solo un recuerdo.

Pdta: seguimos entrenando todos los fines de semana. Nunca más volví a ver a los tres ladrones. Y si los hubiera visto, les hubiera felicitado por tan bonito reloj.

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