EL GUERRERO DE LOS MIL DIAS

Rodeada de frondosos árboles, de una quebrada que alguna vez fue cristalina y de una montaña que suspira tranquilos rocíos matutinos, la cuadra del Jardín luce hermosa ante cualquiera que se le presente. Crecí en aquel lugar, y creo que su mística se aferró a mi alma como una garrapata al pellejo de un equino. Juegos en el bosque, expediciones botánicas que acababan con la captura de un centenar de hormigas, un par de desafortunados saltamontes y, si contaba con suerte, de alguna velluda araña. Ascensos bordeando la quebrada que siempre pensamos nos llevaría hasta su nacimiento. Casas en el árbol que, siéndoles sincero, nunca fueron en el árbol. Todas se erguían en la montaña frente a mi casa, y siempre acababan derrumbadas debido a las constantes quejas de los vecinos, quienes alegando cuidar la fachada de la cuadra, llamaban a la policía para que procediese con la demolición. Además de crecer en este escenario sacado de mi propia película del Señor de los Bolillos –porque todos los celadores me querían dar bolillo–, mi padre me inyectó una dosis exagerada de magia. El hombre sacaba un libro de su biblioteca, el lugar más grande de la amplia casa, me sentaba y decía: “mira, Sebastián, tú tienes tu nombre por tu tatarabuelo, Sebastián Ospina, General de la Guerra de los Mil Días”. Y continuaba, “esas espadas que están ahí –dos espadas que reposaban cruzadas en lo alto de la biblioteca– son de esa guerra”. Cada una de sus historias terminaba con una frase que, estoy seguro, le repetiré a los hijos que aún no tengo: “Esto lo saben los lobos de la vieja cañada”. Un poco más grande supe que no todo lo que decían los lobos de la vieja cañada era cierto. Si no me lo mostraba en un libro, no le creía.

Somos tres hermanos en nuestro hogar, los tres muy distintos pero a la vez muy parecidos. Nuestro padre nos engañó durante años con el cuento de que un tiburón le había rasgado con sus filosos dientes el costado izquierdo de su cuerpo, en las costillas, precisamente. Lucía orgulloso sus cuatro cicatrices en forma de arañazo de tigre cada vez que se quitaba la camisa. “uy, Tatán, ¿qué le pasó a su papá?”, preguntaba más de un curioso. “Un tiburón lo mordió en Santa Marta, ¿mucho teso, ah?”, les respondía orgulloso. Como si ser atacado por un tiburón lo hiciese digno de admiración. Más adelante confesó que se había dado en la jeta con un negro en el Rodadero y que, debido al delicado estado de su piel por la larga bronceada con aceite de coco, un arañazo de éste le había causado las cuatro heridas de guerra. Gracias a mi papá aprendí a recordar, no con la cabeza, sino con el corazón.

Una noche, mientras dormíamos en nuestro pequeño castillo, un grupo de ladrones merodeaba el sector con maléficas intenciones. Los atemorizantes árboles que cubrían la calle danzaban al ritmo del viento emanado por la montaña, mientras que el oscuro silencio era interrumpido, únicamente,  por el intermitente cantar de los grillos y las chicharras. La cuadra del Jardín es un callejón sin salida, en ese entonces culminaba en una gran pared de ladrillo enredada entre la vegetación de años de abandono. Las diez casas que forman la cuadra contaban con la intermitente ronda del celador de turno como única seguridad. Luego de acechar por horas, los ladrones decidieron acercarse a la casa número 17 A, la mía. En esos momentos Juan Diego Ospina López, Víctor Manuel Ospina López, Claudia Patricia López Cordero, Víctor Manuel Ospina Cadavid y su narrador dormían con la tranquilidad que una madriguera le proporciona a una indefensa liebre. La puerta de la casa contaba con una chapa de seguridad que era todo menos de segura.

Es de conocimiento general que los corazones de los ladrones van mucho más rápido que los de sus víctimas, y este caso no era la excepción. Entretanto, el pastor de mi rebaño dormía la luna como lo hacen los celadores, pendientes a que llegue un  alicorado residente a timbrar. Su instinto de padre protector, siempre activo, no permite la intromisión de extraños que vulneren la seguridad de los suyos. En su frágil sueño sintió el rasgar metálico proveniente de la puerta principal. Abrió sus ojos, agudizó su audición y se cercioró de que lo que estaba escuchando pudiese ser lo que sospechaba. Disimuladamente, para no despertar a mi mamá, se quitó las cobijas de encima y emprendió paso hacia la puerta de su habitación. En ese momento los ladrones estaban por terminar con la apertura de la puerta. Desde la puerta de su cuarto, a través de las rejillas de un balcón interior, vio como los ladrones ingresaban a la casa donde descansaban las personas más importantes en su vida. El corazón le latía como a un guepardo que se dispone a atacar a una gacela, la adrenalina se había esparcido en segundos por todo su torrente sanguíneo. Al ver que demoraban su entrada, mi padre fue poseído por los valientes espíritus de los que tanto hablaban los lobos de la vieja cañada. Tal vez mi tatarabuelo, el general de la guerra de los mil días, Sebastián Ospina, se apoderó de su cuerpo y lo impulsó a hacer lo que en esos momentos se disponía a perpetuar.

Sigilosamente subió las pocas escalas que llevaban a la biblioteca, observando de reojo los movimientos de los intrusos. Miró hacia la pared donde estaban las ancestrales armas y las tomó. Con las espadas en mano, bajó con el mismo sigilo  hacia el nivel de las habitaciones, esperando algún movimiento de los ladrones. Cuando éstos se disponían a cerrar la puerta, Víctor Manuel Ospina Cadavid, mi padre, al mejor estilo de William Wallace, saltó de las escaleras hasta el nivel en el que los ladrones se encontraban, chocando sus armas entre sí, gritando como un loco y profiriendo groserías de todo tipo. Fue tan impactante y ensordecedor el movimiento de mi padre, que los ladrones huyeron despavoridos de nuestro castillo.

Pensándolo bien, mi padre contó con suerte.  Su improvisada reacción se alineó con la falta de experticia de  los ladrones. Unos profesionales le hubiesen metido un tiro entre ceja y ceja, para luego sentenciar, a lo Arnold Schwarzenegger: “Hasta la vista, mi pez”. Otro pensamiento que juguetea por mi mente es, ¿qué debieron comentar los ladrones mientras volvían a sus hogares después del fallido intento de robo?

_ Jueputa, Carlos, yo le dije que esa casa no. ¡La del lado!, mano, ¡la del lado!

_ Y, ¿es que usted cree que yo sabía que nos iba a estar esperando un loco con dos machetes?

_ ¡No!, coma mierda, yo no vuelvo a robar con usted, siempre es la misma vaina. Mire como dejaron a Edwin la vez pasada, ¿ahora me va a decir que eso tampoco fue culpa suya?

En ese momento el líder de la banda hubiese interrumpido la discusión para darle fin.

_ ¡Ya cállense la jeta los dos! Lo que estamos es cagados.

Bueno, señores ladrones, ahí tienen para que afinen. Uno jamás, pero jamás de los jamases, debe robar, y mucho menos la casa de un señor que fue atacado por un tiburón, que tiene dos espadas y que es descendiente directo de Sebastián Ospina, el general antioqueño de la guerra de los mil días. Esta entrada se la dedico a un lobo de la vieja cañada que ya no está con nosotros. No lo conocí, pero he escuchado suficiente como para saber que yo soy porque él fue, mi abuelo Rafael Ospina Londoño, antioqueño de mitos y leyendas.

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