CRÓNICA DE UNA CAGADA

Le advierto que este escrito es sobre ser humano. Si ser muy humano, con todo lo que esto implica, lo hiere, entonces deténgase aquí mismo.

Esta tarde, mientras corregía algunos textos en un café de la universidad, un retorcijón estomacal me obligó a detener la marcha. En aquel instante me encontraba sentado en uno de los tronos del café: el privilegiado puesto junto al enchufe de energía. No quería perder el asiento, sin embargo, las ganas de hacer del cuerpo lograron someterme. Antes de pararme de la mesa le dije a unos jóvenes que estaban a mi lado que por favor me cuidaran la maleta y el computador. No hubo lío, aceptaron sin titubeos; de hecho las niñas se mostraron muy risueñas. Les agradecí, tomé a Los Detectives Salvajes, un libro de Roberto Bolaño, y me dirigí corriendo al baño.

No tengo problema alguno con reposar mis nalgas en cualquier inodoro. Honestamente, he evacuado en árboles, ríos, bosques, estadios, cajeros, discotecas, restaurantes, clínicas, hospitales, aviones, buses y desiertos… entonces, sinceramente, no le veo nada de malo a hacerlo en la universidad.

Generalmente soy yo quien se mete al baño sin importarle que los demás escuchen mi ataque gaseoso. Al fin y al cabo es natural en el hombre mear y cagar. No obstante, a todos nos avergüenza un poco que nos escuchen en esas. Es por eso que siempre que entro al baño –casi siempre a uno alejado de las multitudes– con el estómago gruñendo como un Bulldog, me pongo los audífonos, le subo al volumen y me hago el pendejo mientras el solo de trompeta suena. Hoy fue distinto. Hoy no tenía audífonos y solo llevaba un libro como distracción.

Me acerqué al baño y éste tenía un letrero de mantenimiento en su entrada. “En 15 minutos se desocupa”, decía el mensaje amarillo. Lo siento, letrero, pero tiene más reversa un río que esta cagada. Me asomé y de inmediato me topé con una aseadora. “Siga, no se preocupe”, me dijo. Le sonreí y entré a buen paso. Estaba afanado. Me bajé los pantalones, abrí el libro en la página en la que iba y retomé la lectura. Casi al instante la casilla de al lado se abrió. ¡No me joda!, ahora me tocó aguantarme la cagada de otro, pensé. La mía estaba muy tranquila. En esta ocasión le puse el silenciador al fusil. ¡Pero Jesús!, ¡Virgen Santísima!, la del señor de al lado parecía un audio de Al Capone con una ametralladora Thompson, disparando indiscriminada y sonoramente contra el espacio, ¡el espacio que yo compartía a pocos centímetros suyos!

Alcancé a verle los zapatos al hombre –juzgando por el estado de los mismos estoy seguro de que era un joven descomplicado– por la ranura inferior de mi casilla, me lo imaginé riéndose, disfrutando de su arremetida contra mis oídos… el muy cabrón. Pero no había modo de contraatacar, estaba cagando como una cabra, como un conejo. Usted sabe de qué hablo. Intenté concentrarme en el libro, pero fue imposible. A mis adentros me decía: Tatán, siga leyendo, no sea bobo, pille, tan chévere esta parte –señalando un fragmento de la página–, es una cagada, nomás eso, igual que la que usted se está metiendo. Pero no, no eran iguales. La mía se estaba comportando con delicadeza y la de él no. La suya era una cagada desjuiciada, retrechera, bullosa, terrible… Mientras que la mía, precisamente en esta tarde, parecía la de un diminuto hervíboro. Y es que, y esto lo saben todos y todas – hago la aclaración porque las mujeres siempre se hacen las locas cuando de estos temas se trata, es como si evacuaran con un filtro de cafetera–, las cagadas propias no huelen mal, mientras que las ajenas ¡HIEDEN! Hoy, de mi trasero, salieron dorados perfumes de Dolce&Gabbana. Podría ser la ida al baño más elegante que haya tenido en años. Pero la de señor, déjeme decirle, parecía el parto de un fara. Nunca he estado en uno, sí en un aborto, suficientemente repugnante, créanme.

Cuando de cagadas se trata, es difícil pedir discreción. No obstante, hasta en eso debemos ser cautos. Todas, o la gran mayoría de personas, hemos tenido que hacer nuestras necesidades en lugares públicos: aquel incómodo momento en el que entramos a un baño público pidiendo pista, añorando paz, tranquilidad y mucho silencio. Se sienta uno en el inodoro. Suena la música del centro comercial, que parece dirigida, únicamente, a los evacuadores. De repente empiezan a aparecer pies caminando por doquier. Se pasean de aquí a allá. Uno los ve por la ranura de la casilla. Suena el secador de manos; suenan las llaves de los lavamanos; suenan los orinales descargando; en fin, del añorado silencio poco o nada. ¡Urge cagar, coño, urge mandar todo al garete y soltar la bomba sin contemplaciones! Pero bueno, uno espera pacientemente a que se larguen del baño. Y si no lo hacen, se suelta la bomba suavemente, sin brusquedades. Es que es molesto, a nadie le gusta escuchar u oler cagadas ajenas, por más natural que sea.

Y bien, volviendo a la universidad, terminé lo más pronto que pude, salí del casillero como secuestrado recién liberado y me retiré del baño reflexionando en que, hasta cagando, se debe ser educado.

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