CONVERSACIONES NOCTURNAS

Mi amor, tú y yo ya somos novios, ¿o es que estar un semestre juntos no te parece suficiente?  Enrique, yo creo que deberías tomarte las cosas con más calma. Ahorita tú estás en tu ciudad y yo en la mía, además ya casi vamos a tener tiempo para estar juntos y hablar las cosas de frente. Más bien dime qué haces, que se escucha música atrás. Negrita, estoy afuera de una fiesta de electrónica. No te alcanzas a imaginar el lugar. En este momento estoy en el parqueadero del sitio, sentado en una piedra hablando contigo. Me voy a poner romántico. Imagínate una casa muy grande, cuya terraza sobresale por el borde de una oscura montaña. Ya, me la estoy imaginando. Ay, negrita, de verdad imagínatela. ¡Nojoda!, Enrique, que sí me la estoy imaginando, ¡sigue!, ¡sigue! Ok, es que te escuchaba distraída. Bueno, la casa es increíble, desde la terraza ves cómo cae la montaña debajo de tus pies, y si te asomas y miras para abajo, ves un hueco negro de frondosa vegetación que te hace imaginar cualquier cantidad de locuras. Si levantas un poco la mirada, te encuentras con la ciudad bonita; coqueta ella, mirándote fijamente y haciéndote un guiño, un guiño alcahueta, porque la vergaja sabe que te estás portando mal. ¡Cómo así!, ¿te estás portando mal? Un poquito, pero nada grave. ¡Explícate, Enrique, cómo es eso de un poquito mal! Mi amor, sí, ahorita fumé un poquito de marihuana con mis amigos, pero nada más. Ah, ya, pensé que te habías metido con alguien más. No, nada de eso, tú sabes que mis labios, mi pecho, mi nariz y mi penumbra son solo tuyas. Bueno, eso me gusta. Ajá, sigue pues. Bueno, el aire que respiras es de otro mundo, del mundo de lo verde. Hace un poco de frío, un frío agradable. Apenas para bailar lo que están poniendo…

… Al otro lado del teléfono Enrique escuchó un bostezo.

Negrita, acuéstate a dormir, ya van a ser las cuatro y no quiero que te sigan saliendo ojeras por mi culpa. Bueno, gordito, hasta mañana, no te portes tan mal. Nada de eso, te lo prometo. Te quiero. Yo también…

…Y se escucharon dos besos de lado y lado.

A las cinco y treinta minutos de la mañana de aquel día, Enrique murió por sobredosis de cocaína.

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